Prosa aprisa
Arturo Reyes Isidoro

Ocho días en la cama 06, en la sala 2 (de tres que hay, según me informé) de enfermos o pacientes con Covid-19, en el Centro de Alta Especialidad (CAE) “Dr. Rafael Lucio”, en Xalapa, me hicieron vivir una experiencia inolvidable y ser testigo directo del muy alto nivel de atención y de preparación del personal del sistema de salud pública de Veracruz para enfrentar la pandemia del siglo.

En el octavo día de mi internamiento, cuando una joven médica me anunció por la mañana que ya me iría a mi casa más tarde, creo que al ver mi reacción de sorpresa, de grata sorpresa, me preguntó, ¿o qué, ya no se quiere ir? Pues como que ya me está gustando estar aquí, le respondí con la más ligera sonrisa que las fuerzas me permitían.

Es cierto, no es como para querer quedarse a vivir en la cama de un hospital, casi inmovilizado, pero si uno se mentaliza, acepta de la mejor forma su situación de enfermo, confía totalmente en el personal médico y facilita las cosas colaborando con ellos, no la pasa nada mal. Me sorprendí, estuve y estoy sorprendido por todo lo que vi.

Había transitado con el Covid-19, desde los primeros síntomas, siete días ya, sin problemas para respirar, pero, de pronto, el oxímetro bajo a 86 mi nivel de saturación de oxígeno en los pulmones. Ya con el virus había estado en 92 y más, pero por fin se presentaba lo que todos temen: que bajara de 90.

El joven médico Édgar X. González Juan (excelente, confiable), especialista para atender a los pacientes con infecciones respiratorias, con síntomas o con el virus en el módulo médico del Sistema de Atención Integral a la Salud de la Universidad Veracruzana (SAISUV), me mandó entonces a hacerme análisis, estudios y radiografías.

Mi familia ya no lo pensó más: mejor vete al CEM (el ahora Centro de Alta Especialidad se llamaba antes Centro de Especialidades Médicas), que ahí te atiendan, que ahí te los hagan y vigilen para que no se vaya a complicar tu situación. Estuve de acuerdo, aunque no me gustaba la idea de quedarme internado, no sabía yo por cuánto tiempo.

Desde mi llegada al área de urgencias, la atención fue inmediata. Tan pronto les informé de mi enfermedad y tomaron todos mis datos personales, un médico me dijo que tendría que quedarme algunos días internado, y en pocos minutos estaba ya acostado, con mi bata de enfermo, en una camilla del área de llegada, en observación.

No pasó mucho tiempo para que me llevaran a la sala 2, y ahí viví la experiencia que me faltaba en mi vida, una experiencia que seguramente nadie quiere vivir: no solo padecer también la epidemia del siglo, como miles en el mundo, sino ver, conocer desde dentro cómo se está combatiendo.

Una vez que me encamaron y casi me inmovilizaron (me pasé ocho días en posición decúbito supino, una posición anatómica del cuerpo humano caracterizada por estar acostado boca arriba, con mirada dirigida al cénit, en este caso a una lámpara de luz blanca) actualicé una vieja sentencia de la vieja escuela de periodismo en la que me formé: donde hay un reportero hay una noticia.

Creyente de Dios, con mucha fe en él, estaba seguro que saldría vivo y que podría narrar algo de la experiencia.

Me acordé entonces del periodista alemán Günter Wallraff, de su libro El periodista indeseable, como lo era él por sus reportajes “desde dentro”, esto es, que para denunciar injusticias y corrupciones las documentaba entrando a trabajar lo mismo como obrero, para luego convertirse en un neonazi que se ofrecía como confidente a la policía para espiar a estudiantes izquierdistas,  en un empresario católico que pedía consejos a los obispos acerca de la venta de napalm, en un financiero de extrema derecha, etcétera.

En mi caso era hacer, encamado, un reportaje “desde dentro”, que resultó gratísimo por todo lo que vi y viví y que me predispuso a hacer el más encendido reconocimiento una vez que saliera, lo que ahora hago en forma pública, a médicos, enfermeras, camilleros, químicos, radiólogos, psicólogos y nutriólogos, así como al personal del aseo, hombres y mujeres veracruzanos dedicados con toda entrega y pasión a salvar vidas en forma valiente y decidida sin importar poner en riesgo la suya.

Reflexioné y lo platiqué con médicas y enfermeras: nadie, salvo los enfermos que pasan por ahí, tiene la menor idea del trabajo, de la batalla que dan las 24 horas, sin parar nunca, mujeres y hombres, que ya perdieron el miedo a contagiarse y actúan con toda decisión para salvar a los más que puedan.

Me imaginé, les dije, que seguramente ni sus mismos familiares alcanzaban a dimensionar el valor de su trabajo cuando les platicaban lo que hacían adentro. Me gusta lo que hacemos, me dijo un médico a los pocos días que ingresé. Nada más llegar, igual que a todos, la atención fue abrumadora. Con el seguimiento muy puntual de una bitácora era constante el chequeo de la temperatura, de la presión arterial, del ritmo cardiaco, de la oxigenación, la aplicación de medicamentos, las tomas de sangre para su análisis, las placas de los pulmones, el acercamiento de los psicólogos, la alimentación.

Desde la primera mañana que viví la experiencia de la atención de todo el personal me dije que era justo que mencionara en este espacio, cuando retomara la escritura, a quienes me atendían. Les pedí que me dieran sus nombres. Pero luego, conforme se fueron dando cambios de turno del personal, me fui dando cuenta que era todo un ejército. A todos les fui pidiendo su nombre, que me hicieran una lista, por muy larga que fuera, para mencionarlos a todos. Era lo menos con lo que podía intentar corresponderles. Algunos me dijeron que sí. Para mí, lamentablemente no lo hicieron.

Para nosotros, me decían, el mayor reconocimiento es que usted regrese bien a su casa, con los suyos.

Mi cama se ubicaba exactamente enfrente de un letrero que decía: Central de Enfermeras. Era el espacio en el que solo cuando tenían que escribir algún reporte se sentaban ahí, por minutos, porque enseguida se desplazaban para atender a los pacientes que les tocaran.

Me dije que no era la mejor ocasión para hacer la comparación, pero me recordó los casinos de Las Vegas, donde cuando se entra, adentro no pasa la luz del día y siempre hay luz artificial, lo que hace que se pierda la noción del tiempo del modo que los jugadores o los apostadores siguen y siguen.

En el área de atención a enfermos de Covid-19 del CAE, pasa lo mismo. Una vez que se cierra la hermética puerta detrás de uno, la luz blanca de las lámparas será permanente. Conforme pasan las horas, los días, poco a poco se va perdiendo idea del tiempo afuera y uno calcula qué hora debe ser solo por la llegada, siempre puntual y hasta en forma anticipada, de los alimentos, del desayuno, de la comida y de la cena.

Desayuno, comida y cena adecuados y hasta abundantes para los pacientes, calculada y supervisada por nutriólogos, otros componentes más de todo el equipo de atención médica, equipo que es una verdadera bendición de Dios.