COMPILADORES ASOCIADOS
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Por José María Castillo

     ¿Estamos seguros de que los países cuya sociedad es más religiosa son igualmente los países en los que la sociedad es más honrada y más ejemplar? La respuesta no es fácil. ¿Dónde está la dificultad? Para responder a esta cuestión, lo más importante es tener presente que la sociedad se juega mucho, seguramente muchos más de lo que imaginamos, en el tema de la religión.

Baste pensar en la frecuente y dramática relación que existe entre religión y violencia: el terrorismo, las guerras, los conflictos en la relaciones sociales, todo esto son sólo algunos de los ejemplos que podemos traer a la memoria para comprender hasta qué punto la religión puede colaborar para el bienestar o la desgracia de los pueblos y de la sociedad.

Una sociedad, en la que el hecho religioso está bien orientado y dirigido, suele ser una sociedad en la que se palpa el bienestar.

Por el contrario, una sociedad en la que la religión está mal planteada y mal dirigida, será inevitablemente una sociedad en la que se palpa la desigualdad, la corrupción y el sufrimiento.

Así las cosas, viviendo en una sociedad en la que se produce más de lo que necesitamos todos los ciudadanos para vivir bien, ¿cómo se explica el profundo malestar que nos invade y que incluso destroza a tantas familias y a tantos individuos? Se le suele echar la culpa de casi todos los males a la crisis económica y a la pésima gestión de los políticos.

Y no le falta razón a quien dice eso.

Pero quien se queda solamente en eso, se queda en la superficie, en lo que ve todo el mundo, es decir, en los efectos de un fenómeno mucho más profundo.

Lo más importante, que está ocurriendo ahora mismo, no es la crisis económica.

Ni tampoco lo mal que hacen las cosas muchos políticos.

La causa del malestar y el desconcierto, en que vivimos, tiene sus raíces en que estamos viviendo un cambio cultural de una profundidad y de unas consecuencias que seguramente no imaginamos.

Para hacerse alguna idea de lo que acabo de indicar, es necesario recordar que el “homo sapiens” tiene cien mil años de antigüedad.

De todo ese tiempo, durante más de noventa mil años, los humanos vivieron de forma que no se habían organizado como una “civilización”.

Eran tribus de cazadores itinerantes, desinstalados, el “hombre-no-económico”.

A partir de (por lo menos) tres mil quinientos años A. C., nacen las técnicas, y con ellas algunos rasgos conocidos desde la antigüedad: el “hombre-económico”, con las consiguientes desigualdades que la economía genera.

Así nació la disociación entre la evolución tecnológica y la evolución social, que, a lo largo de los siglos, han avanzado en sentido inverso: la evolución tecnológica como progreso, la evolución social como degradación (M. Daraki).

Hasta que hemos llegado a producir una situación insoportable.

Una situación que ya nadie tiene capacidad para poder darle solución.

La distancia entre el culmen del desarrollo tecnológico y el fondo de la degradación social es algo tan asombroso y tan insalvable, que un reducido número de individuos (bien contados y conocidos) acumula más riqueza y más poder que casi el 90 % de la población mundial.

De ahí que la aspiración fundamental de la humanidad no es ya ni el “honor” (como lo fue en las culturas de la antigüedad), ni el “poder” (a partir del Imperio romano), ni la “riqueza” (desde la revolución industrial del XIX).

Lo que hoy más anhela casi todo el mundo es la “dignidad”, que es la igualdad de todos los ciudadanos en los mismos derechos, los derechos humanos.

¿Es eso hoy posible para todos los habitantes del planeta, no como mera propuesta teórica, sino como realidad efectiva? Sólo una fuerza que nos supere y nos iguale a todos lo haría posible.

Me refiero a la religión. Pero no a la religión como “conjunto de creencias y rituales”, sino la religión como “ethos”: la ética de la bondad.

A la que aspiramos todos los humanos. ¿No está en esto la clave del éxito mundial que ha alcanzado el papa Francisco en pocos meses? ¿No irá por aquí la explicación de ese triste (y hasta canalla) personaje que ha surgido, en el último medio siglo, el “político errante”, que ni sabe a dónde va ni a dónde nos lleva?

Para quienes estén interesados en estos asuntos, del 31 de Marzo al 24 de Abril, ocho expertos en estos problemas impartirán un curso, organizado por el Centro Mediterráneo, de la Universidad de Granada, en el que se debatirán no pocas cuestiones que a casi todos nos conciernen. Compiladores Asociados

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