Articulista Invitado
Héctor Yunes

 

 

Luis Donaldo era un hombre de pocas palabras y pocos amigos.

Hoy se cumplen 26 años del asesinato de Luis Donaldo Colosio en Lomas Taurinas. Su historia y legado, lo han convertido en la figura política más importante del México pos revolucionario. Su ideario sigue siendo referente obligado de personajes de todas las corrientes ideológicas –incluido el Presidente López Obrador-, quienes ven en Colosio al crítico más certero del régimen político que se extendió hasta el final del siglo pasado.

 

Luis Donaldo era un hombre de pocas palabras y pocos amigos. Muchos políticos –algunos en el PRI, en los partidos de izquierda y otros disfrazados de reformistas en el gobierno-, tienen muchas historias que contar de él. La mía es que compartí con él los dos últimos días de su vida.

 

Con la adrenalina de una campaña que tomaba fuerza, Luis Donaldo llegó a Mazatlán el martes 22 de marzo en un vuelo de línea comercial; venía acompañado de quien era tal vez su mejor amigo, el sinaloense José Luis Soberanes. Había sido particularmente enfático en instruir que no hubiera movilización alguna para recibirlo, por lo que solo el dirigente estatal del PRI, Víctor Gandarilla Carrasco y yo lo recibimos en el aeropuerto.

 

Me saludó con el mismo afecto que habíamos construido casi diez años atrás cuando coincidimos como diputados federales. En marzo de 1994 era yo el delegado del CEN del PRI en Sinaloa, y al mismo tiempo, de la CNOP, donde sustituí precisamente a Luis Donaldo.

 

-“¿Cómo se tratan, Héctor?”, me preguntó. “Muy bien, tanto que ya aprendí a bailar la música de banda”, respondí.

 

– “Eso tengo que verlo”, me dijo mientras reía de buen ánimo.

 

- “Busca a Fernando (Ortiz Arana), le pedí que hablara contigo...”

 

- “Sí. Acabo de hacerlo. Lo hago a cada rato”, comentamos mientras salíamos de la terminal.

 

Pidió las llaves y su puso al volante, sólo acompañado del inseparable general Domiro García, Soberanes, Gandarilla y yo. Mientras, respondíamos la metralla de preguntas sobre la política local, problemas sociales y las principales demandas de grupos que pudieran asistir a los mítines. En el primer semáforo donde se detuvo, se atravesó una joven de no malos bigotes a lo que Luis Donaldo correspondió con un “¡¡Ayyy Mazatlán!!”. Reímos todos.

 

Fue una jornada extenuante. En el umbral de la primavera, el puerto lo recibió con una brisa fresca que animó los multitudinarios actos de campaña; miles de personas en cada evento, con el saludo cuerpo a cuerpo a cada momento. Gritos y porras ensordecedoras. El río de gente nos llevaba de una orilla a otra, mientras el sol calaba sobre el templete y el candidato.

 

Esa noche, Luis Donaldo asistió en Culiacán a una cena con empresarios. Al término, lo acompañé al elevador al que sólo subió con el General Domiro; justo cuando se cerraba, metió la mano entre sus puertas para preguntarme por el también sinaloense Heriberto Galindo, quien había estado en el inicio de la cena.

 

Le dije que seguramente se había a su taquería favorita que estaba a pocas cuadras de ahí. Me ordenó buscarlo y llevarlo a su habitación. Mi sospecha de confirmó. Encontré a Heriberto con las manos llenas de cabrería; sin más, le dije que Colosio me había mandado por él.

 

Ya en el hotel, llevé a Heriberto hasta la habitación de Luis Donaldo. Me insistió que entrara con él a su entrevista. Me rehusé. Hablaron en privado. A su salida, me confió que el candidato le propuso ser el próximo dirigente nacional de la CNOP; Heriberto pidió que yo fuera su ‘segundo de abordo’. “Me dijo que no, que para ti tiene otros planes ahora que él llegue a la Presidencia”, me dijo. Nos abrazamos antes de despedirnos.

 

 

Esa noche, Colosio durmió en la habitación del histórico hotel “El Ejecutivo” en Culiacán -en el que viví durante mis tres años como Delegado del CEN del PRI-, sin saber que esa sería su última morada.

 

La mañana del 23 de marzo de 1994 no podría ser mejor. Luis Donaldo se despertó temprano como acostumbraba; bajo al lobby del hotel donde me había citado a las 6 pm. Estaba feliz; la noche anterior había recibido aquélla llamada de Manuel Camacho que todavía sigue dando mucho de qué hablar. Iba vestido de ropa deportiva; terminamos de hablar y salió a correr.

 

Regresó al hotel, tomó un baño. Ya lo esperábamos en el lobby para acompañarlo a una entrevista de radio. Durante el trayecto a la radiodifusora, pidió al general Domiro una pastilla para la garganta; le dolía un poco. Terminó la entrevista y salimos rumbo al aeropuerto, donde en una pequeña estancia lo esperaba el gobernador Renato Vega Alvarado; tomaron café y platicaron en privado por algunos minutos.

 

Al pie del avión que lo trasladaría a Baja California Sur -y más tarde lo llevaría a cumplir con su destino a Lomas Taurinas- fui el último en despedirlo.

 

Ya con el motor del aeronave encendida, le pregunté:

 

-“¿Qué te pareció la gira? Escuché de algunos periodistas que te acompañan que hasta ahora es la mejor etapa de tu campaña. ¿Es verdad?”

 

- “La gira fue excelente, me voy muy entusiasmado”, respondió.

 

- “Pero la mejor etapa será la que tendré la próxima semana en mi tierra”.

 

Nos abrazamos. No lo volveríamos a ver. Aquél México de la esperanza tampoco.

 

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