Prosa aprisa
Arturo Reyes Isidoro

Salió el sol, pero el domingo, a la hora en que el presidente Andrés Manuel López Obrador realizó su “diálogo” con pueblos indígenas, en Huayacocotla el termómetro marcaba 7 grados.

Por eso el gobernador Cuitláhuac García Jiménez sintió que le echó encima no un balde de agua fría sino helada cuando le dijo que le “gustaría” que vaya a Oaxaca para que vea cómo le están haciendo para pavimentar sus caminos rurales.

En un sistema político autoritario como el de Morena, muy similar al del PRI, una sugerencia, una instrucción o una recomendación presidencial equivale a una orden: acátese y cúmplase, que también se puede traducir como o la bebes o la derramas.

Como si no tuviera ya suficientes problemas qué atender y solucionar, AMLO metió, así, en un verdadero brete (aprieto sin salida o evasiva) al gobernador de Veracruz, porque la tarea, aparentemente tan sencilla, no es nada fácil.

El tabasqueño todo lo ve fácil. No diferencia entre un Estado y otro, sus características, sus gentes, y pretende que para lo que uno funciona bien igual aplica también para otro; además, piensa que la gente responde y sigue a los gobernadores como lo hacen con él.

¿Qué es lo que están haciendo en Oaxaca? Él lo volvió a explicar como lo viene haciendo desde su campaña: que son los propios pobladores quienes pavimentan sus caminos, con base en sus usos y costumbres.

Son usos y costumbres ancestrales que seguramente todavía perduran en algunas sierras del Estado de Veracruz, aunque me temo que en la mayor parte ya se perdieron.

Que yo recuerde, donde más se conservaban y se observaban era en la Sierra de Zongolica, creo, casi estoy seguro que influenciados por su colindancia precisamente con la sierra oaxaqueña y sus habitantes.

De las sierras veracruzanas (las conozco todas; las recorrí muchas veces), donde siempre escuché hablar del tequio fue en la de Zongolica. El tequio no es otra cosa que una faena, el trabajo colectivo no remunerado que todo vecino de un pueblo debe a su comunidad. Lo practican o practicaban de preferencia los sábados o fines de semana.

Pero –el mismo López Obrador lo mencionó el domingo– para que se tenga éxito se necesita estar bien organizados: “… allá están bien organizados y la mayoría de los municipios son de usos y costumbres, tienen su autoridad, no han dejado la buena costumbre del tequio y la gente ayuda, da servicio, lo que se llama la mano en todo lo que es para beneficio de la comunidad, con decirles que la mayoría de los presidentes municipales de Oaxaca no cobran…”.

Para empezar por el principio –como recomienda Alicia en el país de las maravillas–, Cuitláhuac tiene que comenzar por organizar a los pobladores de las comunidades rurales y luego convencerlos para que trabajen de oquis, es decir, de gratis.

Adicionalmente, lo que AMLO pretende es acabar con una vieja práctica priista de corrupción: se daba el contrato de la obra a una empresa, se recibía a cambio un moche, “y el contratista hacia un mal trabajo, caminos que nada más duraban una temporada de lluvia porque le ponían una capita de asfalto, de emulsión asfáltica, y con la lluvia volvía a ser de terracería”. Totalmente cierto.

Así que ahora quiere que se vuelva a la vieja revolvedora, ya prácticamente una pieza de museo, y que sean los propios vecinos quienes trabajen y que el dinero asignado se quede en la comunidad.

Pero leámos con más detalles qué pretende López Obrador que se haga en Veracruz, que lo logre Cuitláhuac: “… como están trabajando hombres y mujeres (en Oaxaca), las mujeres se encargan de recolectar la piedra de todo tamaño y hacen el camino de concreto con piedritas de todos los tamaños, hasta las pintan. Son obras de arte. Ya saben que la mujer también tiene mejores gustos, es más exquisita, es más sensible, nosotros los hombres somos más rudos. Bueno, esos caminos están quedando muy bien, los está haciendo la misma gente”.

Sencillo. Mmmj.

¿Por qué cree que Cuitláhuac lo puede lograr?: porque es honesto, eso dijo y lo consideró una gran ventaja.

Así que expresó que le “gustaría” (le ordenó) que él y los alcaldes de la Sierra de Huayacocotla vayan a Oaxaca para que vean cómo le están haciendo, e incluso para que no anden perdidos les dio un nombre para que los guíe: el de Adelfo Regino, del Instituto Nacional para los Pueblos Indígenas.

Vaya regalote de reyes que le trajo y le dejó AMLO, que, se supone, tendría que hacerse extensivo a las demás comunidades rurales de todo el Estado porque no se les puede discriminar ni puede haber privilegio solo para unos.

¿Estará enterado López Obrador que quienes practicaban el tequio en Veracruzo muchos ya murieron o muchos ya están muy ancianos como para trabajar? ¿Sabrá que sus hijos y sus nietos, la mayoría emigró a Estados Unidos y que los pocos que han regresado ya se sienten “importantes”, discriminan a sus propios paisanos (hay varios trabajos de investigación muy interesantes en la Universidad Veracruzana) y que ni en sueños harían esos trabajos y menos de gratis?

¿Es que en sus visitas no ha visto que hasta quienes tapan baches en las ciudades o verdaderos hoyos en carreteras y caminos rurales piden cooperación, a veces colocando una reata para impedir el paso a quién no dé, y pretende que trabajen de oquis?

Don Cuitláhuac, pues, ya tiene en qué entretenerse, si es que estaba aburrido de que nada ocurra en Veracruz porque además es un remanso de paz y tranquilidad.

A su oferta de que este año acabará con la inseguridad, tiene que sumar ahora la pavimentación de todos los caminos rurales con la participación de las comunidades. El conteo ya ha comenzado, de una y otra cosa. Seguramente la próxima vez que el presidente regrese le preguntará cómo va. Éxito, señor gobernador.