Prosa aprisa
Arturo Reyes Isidoro

¡Dios misericordioso, apiádate de nosotros! ¡Señor, qué te hemos hecho, qué estamos pagando!

¡Padre mío!, tú sabes que desde joven cuando me inicié en el oficio periodístico y como reportero retraté fielmente lo que vi y publiqué lo que escuché y revelé lo que investigué y molestó, y a causa de ello recibí amenazas y agresiones pero jamás me intimidaron y quedé curado de espanto, por lo que hoy nada me espanta, tú también me has dado la Oración de la Serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para (intentar) cambiar las cosas que puedo cambiar y la sabiduría para conocer la diferencia.

No Altísimo, de nada me espanto, pero no me puedo despejar de la sensibilidad para saber cuando las cosas no se están haciendo correctamente, y a ti te pido que me ilumines para saber si es que a mi edad ya no entiendo la modernidad, los cambios que se vienen dando, si así tienen que ser las cosas ahora y aceptarlas o si soy injusto al criticarlas porque creo que están fuera de forma, y un ilustre hijo tuyo dijo que la forma es fondo.

Redactaba ayer noche mi columna diaria cuando mis amigos, mis conocidos, mis lectores, mis compañeros de oficio, empezaron a inundar mi cuenta de Guasap con fotos que pensé que eran montajes, memes, de nuestras máximas autoridades en el Estado. Me convencí que eran reales cuando las críticas empezaron a arreciar, críticas que también se convirtieron en motivo de burla y de censura popular.

Ver al secretario de Gobierno disfrazado en la víspera del Día de Muertos lo mismo en la calle que saludando desde uno de los balcones del Palacio de Gobierno (no se distingue si desde su oficina o la del gobernador) pero también al mismísimo titular del Ejecutivo dejándose pintar media cara de “muerto” o “calavera” (en un video se le ve bailando, danzando) me frenó en el tema que abordaba y me llevó a redactar estas líneas.

No. Me resultaba difícil creerlo, aceptarlo. Los dos encabezaban un desfile festivo por la víspera del día de Todos los Santos, participaban en un jolgorio en lugar de estar encabezando una reunión del Gabinete de Seguridad o como se llame para tratar de dar con el paradero de siete comerciantes (varios de ellos muy jóvenes) de Ixtaczoquitlán que salieron a comprar ropa pero tuvieron la desgracia de ser detenidos por miembros de la Policía Municipal y están desaparecidos desde el sábado; o en lugar de haber viajado a aquel municipio para expresarles su solidaridad y la del Gobierno del Estado a los familiares de las víctimas así como a darles todas las garantías de que el aparato oficial no descansará hasta encontrarlos.

A mí que nada me espanta me sobresaltó ver la institución Gobierno convertida, rebajada a dos disfraces dignos de un carnaval, de un circo, de un huateque. ¡Ese es  el Gobierno de Veracruz!, me dije, y me alegré que apenas la semana pasada cuando me fui a checar el cardiólogo Enrique López Rosas me diagnosticó en muy buen estado (vivo con dos stents en el corazón), que si no tal vez me hubiera infartado.

Veracruz ha tenido buenos gobernadores, muy buenos, pero también malos, muy malos. Para el actual se me ocurren varios calificativos, pero te dejo a ti lector, lectora, que mejor tú lo califiques y lo designes.

No se asume con seriedad, con toda la propiedad que se merece, la institución Gobierno, ¿o también al diablo con las instituciones y por eso los mismos que deben de respetarla, de prestigiarla, de darle lustre son los primeros en faltarle al respeto y propiciar que otros también lo hagan?

¿Es que acaso Veracruz no tiene graves problemas de urgente resolución a los que los gobernantes se debieran dedicar a atender con toda la pasión, con toda la entrega posible, con toda la vocación de servicio, sin perder el tiempo en nada más? ¿Es que acaso lo más importante, prioritario y urgente es un desfile y un disfraz por la víspera del Día de Muertos? ¿O será –lo cual sería gravísimo– que se trata de un festejo por los muertos a causa del dengue, o de la violencia incontenible?

Pero, ¡oh Todopoderoso!, consuélame, corrígeme, dime que estoy mal, que es que así son ahora las cosas, dame serenidad para aceptarlas si es que así deben de ser, perdóname si es que estoy pecando al criticar injustamente a nuestras autoridades, ayúdame en mi edad de adulto mayor para que entienda que las cosas han cambiado y que me he quedado en el pasado, rezagado, con una visión caduca.

¿O es que me has dejado vivir tanto para que pague yo en vida lo que hice, lo que he hecho mal, dejándome observar, saber, que una institución que conocí en su esplendor por los dignos representantes que tuvo y a la que contribuí a mi paso por el servicio público terminaría en lo que tristemente vi anoche?

¿Veracruz se merece eso? ¿Los veracruzanos? Qué tristeza.