Prosa aprisa
Arturo Reyes Isidoro

No sé por qué, pero su relato de ayer me hizo recordar al joven Francisco de Asís quien por servir a la causa de Dios se distanció de su padre, a quien ante un reclamo por haber tomado de su patrimonio para destinarlo a la restauración de un templo terminó devolviéndole hasta sus vestimentas, su nombre y su apellido (se llamaba Giovanni) para dar surgimiento a quien llegaría a ser San Francisco de Asís.

No es exactamente el mismo caso salvo en el rechazo inicial del padre del joven José Manuel Suazo Reyes a que se dedicara al sacerdocio, que con el paso del tiempo terminó aceptando.

El ahora presbítero lo recordó ayer, durante la concelebración con motivo de sus veinticinco años de ministerio sacerdotal. “Si tú te vas al Seminario dejarás de ser mi hijo”, le espetó su padre cuando se despidió de él porque ingresaba al Seminario de Xalapa.

Fue un momento fuerte de su vida. Así lo consideró.

Rememoró haberle respondido –“no sé cómo salieron estas palabras. Seguramente el Espíritu de Dios habló por mí”–: “Padre, en la vida solo he tenido uno, ese es usted. Usted podrá desconocerme y desheredarme, podrá prohibir que entre en su casa; yo iré al Seminario y seguiré respetándolo como el único padre que Dios me dio”.

Ese momento marcó el fin de la estancia en su casa para irse a vivir para siempre a la casa de Dios.

Todo había comenzado cuando el Padre Andrés lo fue a buscar a su natal Tecama, municipio de Tomatlán, en el centro del Estado, para llevárselo al Seminario porque el joven de aquel entonces quería ser sacerdote.

Una mañana de agosto de 1983 sembraba plantas de café con trabajadores de su padre cuando un hermano le llevó la noticia de que un sacerdote estaba en su casa y deseaba hablar con él.

Era el Padre Andrés. “Me emocioné mucho. Me levanté enseguida, dejé mis herramientas ahí y me dirigí hacia la casa”.

Cuando llegó fue su madre Toñita (Antonia Reyes García) quien le dijo que un sacerdote de la capital del Estado quería hablar con él, que lo fuera a buscar en la capilla de la comunidad donde lo iba a esperar.

Era una mañana lluviosa, recordó. “Tomé mi bicicleta y me dirigí a buscarlo”.

Cuando platicaban, de pronto le hizo una pregunta, para él la más importante en ese momento: ¿Por qué deseaba ser sacerdote?

Recordó haberle dicho tres cosas: porque quería ayudar a la gente; porque le gustaría anunciar la Palabra de Dios; y porque quería dedicar su vida al servicio de los demás.

Luego vendría lo que él califica como el “encontronazo” con su progenitor. “¡Usted no es nadie para venirme a decir qué hará mi hijo. Sobre mi hijo decido yo!”, fue su respuesta al Padre Andrés cuando le contó que el joven quería ser sacerdote y que se iba al Seminario

No le gustó la idea. “Veía invadido su espacio y lo defendía a como diera lugar. Yo en medio de los dos sin saber qué hacer”.

Pensó entonces que el Padre Andrés no volvería jamás, sin embargo lo tranquilizó: le dijo que no era la primera vez que lo recibían así, que ya estaba acostumbrado y que no tuviera miedo. Finalmente jaló al joven José Manuel.

La historia la recordó ayer el ahora vocero de la Arquidiócesis de Xalapa durante la concelebración con motivo de sus veinticinco años de ministerio sacerdotal.

Durante su mensaje, dijo que hoy todos los días le da gracias a Dios por haber sido llamado a lo que calificó como una bellísima vocación.

Ayer de manera pública, ante su Obispo y toda la feligresía, renovó sus promesas sacerdotales y la gracia “que inmerecidamente” recibió hace veinticinco años.

Y ahí estaban acompañándolo su madre Antonia Reyes García, “Toñita”, su hermano René, con quien quiso que le tomaron una foto, así como los demás miembros de su familia. Lo acompañó también su padre, ahora fallecido.

En el auditorio Miguel Sáinz de la Casa de la Iglesia de Xalapa, los fieles de la Parroquia María Auxiliadora, donde oficia el padre Suazo, y católicos de la diócesis oraron con él el himno Señor, Tú me Llamaste, de la Liturgia de las Horas: “Señor… soy cera blanda entre tus dedos, haz lo que quieras conmigo”.

“Señor, tú me llamaste para curar los corazones heridos, para gritar, en medio de las plazas, que el Amor está vivo”, cantó, proclamó.

Dijo que el Señor lo hizo instrumento de paz y de justicia, pregonero de todas sus palabras, agua para calmar la sed hiriente, “mano que bendice y que ama”.

Lo escuchaban atentos el cardenal Sergio Obeso Rivera, el obispo de Orizaba Eduardo Cervantes Merino, así como el de Xalapa Hipólito Reyes Larios.

Pero, además, un invitado especial: monseñor Denys Antoine Chahde, arzobispo siro-católico de Alepo, Siria, quien con su comunidad ha padecido la persecución de los talibanes y quien hizo viaje especial para la ceremonia.

La de ayer fue una mañana fresca y nublada en Xalapa y al entrar la tarde llovió, pero en el recinto había alegría por el acontecimiento.

A los feligreses los recibía la música de la banda de la comunidad Buenavista del municipio de Jilotepec mientras el padre Suazo recibía la felicitación de sus invitados que iban llegando.

Narró momentos que llamó “fuertes”, “impresionantes” o “significativos” como cuando sus padres le dieron la bendición.

“Yo estaba por ser consagrado e iniciar mi ministerio sacerdotal. Sabía lo que significaba esa bendición. A partir de entonces mi familia sería la Iglesia… Mis padres entregaban un hijo a Dios, yo le pedía al Señor que me diera la suficiente perseverancia para responder a su llamado”.

O cuando se postró durante la consagración: “… mientras la gente invocaba a todos los santos, yo, boca abajo, tocando el suelo con todo mi cuerpo, repasaba toda mi historia personal con sus bondades y limitaciones”.

O cuando el Obispo consagró sus manos con santo Crisma y le entregó el cáliz con que consagraría su primera misa.

Expresó que en sus veintincinco años de sacerdote ha experimentado muy de cerca la misericordia de Dios.

Agradeció a todos sus formadores, a los obispos, a sus maestros, a sus directores espirituales.

Aparte del servicio parroquial, no dejó de mencionar su servicio como vocero de la Arquidiócesis, como comunicador. “Ambas cosas son fascinantes y me llenan de vida”.

En la parte final resonaba el eco: “Señor, tú me llamaste para ser instrumento de tu gracia, para anunciar la buena nueva, para sanar las almas”.

“Señor, me quieres para abolir las guerras, y aliviar la miseria y el pecado; hacer temblar las piedras y ahuyentar a los lobos del rebaño”.